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    3-El encuentro personal

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    Tema: La consagración a Jesús. El encuentro personal
    Reconozcamos que el Espíritu Santo quiere hablarnos a todos, hasta ser la voz dominante en nuestra mente, y mientras mejor dispuestos estemos a aceptar la obra del Espíritu de hacernos ver nuestros pecados, convencernos de amar al Señor y edificar la Iglesia, más nos acercaremos a Cristo y avanzaremos por el camino de la santidad. Igualmente, encontraremos que la gracia de la Confirmación tiene una influencia cada vez más poderosa en nuestra vida personal y espiritual.
    Creamos pues que podemos estar conscientes de la presencia de Dios; creamos que el Espíritu Santo realmente nos habla y tratemos de percibir lo que nos trata de decir cada día, para que estemos más atentos a sus inspiraciones. Comprometámonos a poner en práctica al menos una buena acción que nos parezca percibir en la mente cada día de este mes. Cuando estés haciendo oración o justo después de recibir la Sagrada Eucaristía, pídele al Espíritu Santo que te hable y te conceda los dones que quiera darte.
    Cuando seamos confirmados, nos sellarán con el Espíritu Santo, recibiremos los dones espirituales y seremos santificados como seguidores del Señor. Recibiremos la gracia y el poder que nos permitirán centrar la mente en las cosas de Dios y participar en la construcción del Reino en la tierra.
    Pero, ¿cómo nos ayuda esta gracia día tras día? En su Evangelio, San Juan nos dice que el Espíritu Santo quiere hacernos reconocer nuestros pecados y convencernos de la santidad y la justicia de Jesús (v. Juan 16, 8-10). Esta doble obra de declararnos culpables y convencernos es parte de la esencia del Sacramento de la Confirmación.
    En cuanto a reconocernos culpables de los pecados cometidos, el Espíritu Santo nos habla a la conciencia. Todos hemos pasado por situaciones en las que hemos ocultado o torcido la verdad, manipulado a alguien o desviado la atención de las consecuencias morales de alguna decisión que hayamos tomado.
    Es muy importante que nosotros sepamos que el Espíritu Santo nos declara culpables de los pecados que hayamos cometido, pero es más importante aún que estemos dispuestos a reconocer la realidad de Cristo Jesús, porque quiere enseñarnos que el Señor es el fiel Servidor de Dios, que nos ha salvado de nuestros pecados; quiere revelarnos que Cristo es quien nos prodiga su divina misericordia cuando lo buscamos, que nos ama profundamente y que nunca se cansará de nosotros. Y el Espíritu Santo hace todo esto para que nos sintamos movidos a poner a Jesús en el primer lugar de nuestra vida, obedecer sus mandamientos y vivir en el ámbito de su amor, cualesquiera sean las situaciones que tengamos que afrontar.

    Nuestro Padre, que nos creó por amor, tiene un propósito concreto para cada uno de nosotros: vivir esta vida en plenitud, aquella vida de la que Jesús nos habla en el Evangelio de San Juan: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”
    Dios quiere que vivamos esta vida en plenitud, con la esperanza maravillosa de que lleguemos a vivir la otra vida después de la muerte, la vida eterna, para la cual Él vino a pagar el precio en la cruz del Calvario. ¡El plan de Dios para nosotros es maravilloso!
    En los evangelios vemos que Jesús tuvo muchas experiencias de diálogo con diferentes personas y la vida de la gran mayoría de esas personas, que tuvieron un contacto directo y personal con Jesús, les cambió por completo. Respecto a esto, quiero afirmar con toda seguridad en mi corazón que es sumamente importante que nosotros los católicos entendamos esto: Si no logramos tener una experiencia personal de Dios, será muy difícil para nosotros entender el plan divino. Los católicos de hoy tenemos que darle lugar a este momento de encuentro con Cristo, el mismo encuentro que también vivieron los primeros discípulos, una experiencia tan dinámica y profunda que les estremeció la vida y nunca más fueron los mismos. El verdadero discípulo de Jesucristo es aquella persona que ha tenido este encuentro con Jesucristo, de tal manera que su vida, a partir de ese momento, jamás vuelve a ser la misma de antes.
    Lectura del Evangelio según San Lucas (LC 5,1-11)
    Las barcas vacías: Jesús vio dos barcas en la playa que evidentemente estaban vacías, sin uso. Obviamente la función de las barcas era navegar sobre el agua y estos pescadores las usaban para ganarse la vida, pero en esta ocasión estaban “en la playa”, es decir, vacías. ¿cuántos hombres y mujeres están vacios por dentro? No están ejerciendo su misión ni el plan que Dios tiene para ellos, porque se sienten vacíos; hay tantas personas hoy que desean encontrar la verdadera felicidad, pero se encuentran vacías; han probado una y otra cosa tratando de llenar el vacío.
    Muchos dan su vida por tener cosas materiales, porque piensan que eso les va a llenar el vacío del corazón, y así hay muchas barcas vacías. En innumerables hogares los padres están vacíos, no tienen vida espiritual, y por eso vemos las estadísticas de los divorcios, porque hay un vacío en el corazón. A veces creemos que, en el matrimonio, “mi marido, mi esposa”, va a llenar el vacío. Ciertamente todos necesitamos el amor mutuo de unos con otros, pero en realidad el único que puede llenar verdaderamente el vacío del alma es Jesucristo, el Salvador del Mundo.
    Vayan mar adentro: Luego, sucede algo interesante: ¡Qué humilde es el Señor cuando le pide “ayuda a un pecador”! Le pide prestada la barca a Pedro y esa barca se convierte en un púlpito. Luego le dice que la lleve a la parte más honda del lago. Simón Pedro alega que han estado trabajando toda la noche y no han logrado conseguir nada. ¿Cuántos se encuentran hoy en la misma situación, de haber trabajado hasta cansarse sin conseguir nada concreto? Los pescadores estaban tristes, agobiados, cansados porque habían trabajado en vano. Pero al escuchar las palabras del Maestro, Simón Pedro obedece: “Ya que tú lo dices, vamos a la parte más honda a tirar las redes.”
    El Señor nos llama a no vivir en la superficie, a no quedarnos a la orilla del lago, sino a adentrarnos mar adentro en la vida del espíritu, dejando que Dios ilumine nuestra vida. Hoy Jesús nos dice “¡Vayan mar adentro!” Cada uno tendrá que responder “sí” o “no”. Simón obedeció y comenzó a ver una pesca milagrosa.
    Muchas personas quieren encontrar algo que les haga felices, que les dé la felicidad. Hay muchas voces en el mundo que dicen “Si tienes esto o haces esto vas a ser feliz.” Y como andamos tan desesperados, como seres humanos que nacimos para amar y ser amados, buscando esa felicidad, vamos de un lugar a otro y a otro, pero seguimos en la misma situación. En medio de tantas voces, es importante detenerse para escuchar la voz del Maestro, que nos dice: “No es para ese lado, es para ese otro lado”. Escucha la voz del Maestro, porque Él te indica el camino a la verdadera dicha.
    El encuentro transformador: Al ver la inmensa pesca, a Simón se le olvidaron los pescados y todo aquello que en otro momento habría sido la gran felicidad, y su atención se fue a quien le había dicho que llevara la barca mar adentro. Simón pensó: “En este momento lo importante no es la gran pesca; lo importante es que estoy delante del Hijo de Dios. Estoy delante de un hombre que es ungido y es enviado por Dios.” Lo entendió así, por eso se postró a los pies de Jesús y le dijo: “Apártate de mí, porque soy un pecador”.
    Cuando hay un encuentro real y personal con Jesucristo, no hay nada que uno no pueda ver en su vida y espontáneamente le nace decir: “Le he fallado a Dios muchas veces.” Cuando miras la luz que resplandece, puedes ver las sombras de tu vida. Algo característico que sucede cuando una persona tiene este encuentro con el Señor es un verdadero cambio de vida, porque se ve a sí mismo y piensa: “Yo no merezco que Dios me ame tanto, porque soy un pecador.” Pedro se puso de rodillas y le dijo al Señor: “Aquí está mi vida, Señor. Lo he probado de todo, pero mi corazón está vacío. Aquí estoy, soy un pecador y te he fallado.”
    Tal vez Simón pensó que Jesús le iba a decir: “¿Sabes qué? Si eres un pecador, mejor te apartas de mí. Si has hecho tantas cosas malas, entonces, vete. El llamado no es para ti.” Pero no fue eso lo que le respondió el Señor: “Simón, no tengas miedo. Conozco tu vida, amigo. Sé lo que has hecho y no te digo que te vayas. Mejor, acércate más. No temas.”
    No temas, Dios no te va a rechazar. No importa lo que hayas hecho, Dios no quiere tu pecado, pero te ama a ti y te dice “no temas”.
    Si pensamos que por ser católicos ya hemos conocido a Jesucristo, estamos equivocados. “No basta, con ser bautizados, a ser confirmado y hacer tu primera comunión. Para comprender el amor de Dios, tienes que tener un encuentro sincero y personal con Jesucristo el Señor.” porque ahí es donde se dan las conversiones y allí es donde surgieron los mártires, los santos y santas de la Iglesia, que tuvieron una experiencia de Dios que transformó su vida. Estas personas nunca volvieron a ser las mismas.
    Cuando Jesús le dice a Simón “no tengas miedo” es como si le dijera “La misericordia de mi Padre es más grande que todos tus pecados, Simón.” La misericordia de Dios es grande para todos nosotros, hermanos. Su amor, es infinito y nos ama aunque nosotros seamos pecadores. Cuando leas de nuevo este pasaje de San Lucas, pon tu nombre ahí en vez del de Simón.
    Y después Jesús les da una misión: “Yo los voy a hacer pescadores de hombres, para que así como han encontrado esta experiencia del amor de Dios, ustedes vayan a ser portadores de ese amor. Antes ustedes tiraban las redes para sacar pescados; ahora las van a tirar compartiendo la buena noticia, para que muchos conozcan el amor divino del Padre.”
    ¿Y qué vas a dejar tú? Dice la Escritura al final: “Lo dejaron todo y se fueron con Jesús.” El Señor quiere preguntarte: “¿Qué vas a dejar hoy? Deja tu rencor, tu desconfianza, tus temores, tu pecado.” Porque cuando se ha tenido una experiencia de esa índole con Dios, no puedes seguir siendo el mismo. Hoy el Señor nos pide dejar algo. ¿Qué vamos a dejar, para poder seguir a Jesús? ¿Nuestro egoísmo? ¿Nuestras adicciones? ¿El orgullo? Dios quiere que dejemos aquello que nos impide seguir al Maestro. Tú sabrás en tu corazón lo que tienes que dejar hoy para seguir a Jesús.
    Nosotros miramos rostros; Jesús mira tu corazón. No pasas desapercibido por la mirada de Dios. Si hoy estás decidido o decidida tener un cambio de vida y no le has respondido al Señor, te invito a que lo hagas ahora; no dejes pasar esta oportunidad de abrirle tu corazón y tener ese encuentro personal con el Señor de Señores y Rey de Reyes.
    Debemos vaciarnos de nosotros mismos (dejar todo como hizo Simon), orgullo, odio, malos ojos contra las personas, en fin, todo lo que va en contra con la palabra de Dios. Una vez que todo esto acontezca, Dios pondra en nosotros el deceo de trasmitir (evangelizar) a otras personas, lo que Dios nos ha dado a nosotros (amor, paz, gozo etc. los frutos del Espiritu Santo) Gal 5:16-26
    La fe cristiana no es sólo una doctrina, una sabiduría, un conjunto de normas morales, una tradición, una costumbre social. La fe cristiana es un encuentro vivo, personal y real con Jesucristo La finalidad de toda evangelización es la realización de ese encuentro, al mimo tiempo personal y comunitario. Como ha afirmado el Papa Benedicto XVI. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, n. 1).
    El encuentro personal con Jesús, gracias a su Espíritu, es el gran don de Padre a los hombres. Es un encuentro, al cual nos prepara la acción de su gracia en nosotros. Es un encuentro, en el cual nos sentimos atraídos, y que mientras nos atrae nos transfigura, introduciéndonos en dimensiones nuevas de nuestra identidad, haciéndonos partícipes de la vida divina (cfr. 2 Pe 1, 4). Es un encuentro, que no deja nada como era antes, sino que asume la forma de metanoia, es decir, de conversión, como Jesús mismo pide con fuerza, al comienzo de su predicación: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino
    de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).
    La fe como encuentro con la persona de Cristo tiene la forma de la relación con Él, de la memoria de Él, en particular en la Eucaristía y en la Palabra de Dios, y crea en nosotros la mentalidad de Cristo, en la gracia del Espíritu; una mentalidad que nos hace reconocernos como hermanos, congregados por el Espíritu en su Iglesia, para ser luego testigos y anunciadores del Evangelio. Es un encuentro que nos hace capaces de hacer cosas nuevas y de dar testimonio, gracias a las obras de conversión anunciadas por los profetas (cfr. Jr 3, 66 ss; Ez 36, 24-36), de la transformación de nuestra vida.
    La fe no es una ideología. Es aceptar personalmente a Cristo. Es necesario creer con el corazón. “Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación” (Rom 10, 10). “El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia, que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo” ( Porta fidei, n. 10).
    La fe, además de ser una adhesión personal al Señor, es un acto comunitario.
    La fe cristiana no es sólo una doctrina, una sabiduría, un conjunto de normas morales, una tradición, una costumbre social. La fe cristiana es un encuentro vivo, personal y real con Jesucristo La finalidad de toda evangelización es la realización de ese encuentro, al mimo tiempo personal y comunitario. Como ha afirmado el Papa Benedicto XVI. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”
    El encuentro personal con Jesús, gracias a su Espíritu, es el gran don de Padre a los hombres. Es un encuentro, al cual nos prepara la acción de su gracia en nosotros. Es un encuentro, en el cual nos sentimos atraídos, y que mientras nos atrae nos transfigura, introduciéndonos en dimensiones nuevas de nuestra identidad, haciéndonos partícipes de la vida divina (cfr. 2 Pe 1, 4). Es un encuentro, que no deja nada como era antes, sino que asume la forma de metanoia, es decir, de conversión, como Jesús mismo pide con fuerza, al comienzo de su predicación: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino
    de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).
    La fe como encuentro con la persona de Cristo tiene la forma de la relación con Él, de la memoria de Él, en particular en la Eucaristía y en la Palabra de Dios, y crea en nosotros la mentalidad de Cristo, en la gracia del Espíritu; una mentalidad que nos hace reconocernos como hermanos, congregados por el Espíritu en su Iglesia, para ser luego testigos y anunciadores del Evangelio. Es un encuentro que nos hace capaces de hacer cosas nuevas y de dar testimonio, gracias a las obras de conversión anunciadas por los profetas (cfr. Jr 3, 66 ss; Ez 36, 24-36), de la transformación de nuestra vida. La fe no es una ideología. Es aceptar personalmente a Cristo. Es necesario creer con el corazón. “Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación”, “El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia, que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo”. La fe, además de ser una adhesión personal al Señor, es un acto comunitario.
    Encontramos a Cristo en la Eucaristía
    La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. [...] En cada Eucaristía los cristianos celebran y asumen el misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido.

    Encontramos a Cristo en la Reconciliación
    El sacramento de la reconciliación es el lugar donde el pecador experimenta de manera singular el encuentro con Jesucristo, quien se compadece de nosotros y nos da el don de su perdón misericordioso, nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido, nos libera de cuanto nos impide permanecer en su amor, y nos devuelve la alegría y el entusiasmo de anunciarlo a los demás con corazón abierto y generoso.

    Encontramos a Cristo en la Oración

    La oración personal y comunitaria es el lugar donde el discípulo, alimentado por la Palabra y la Eucaristía, cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre. La oración diaria es un signo del primado de la gracia en el itinerario del discípulo misionero. Por eso “es necesario aprender a orar, volviendo siempre de nuevo a aprender este arte de los labios del Maestro”.

    Encontramos a Cristo en María
    La máxima realización de la existencia cristiana como un vivir trinitario de “hijos en el Hijo” nos es dada en la Virgen María quien por su fe (cf. Lc 1, 45) y obediencia a la voluntad de Dios (cf. Lc 1, 38), así como por su constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús (cf. Lc 2, 19.51), es la discípula más perfecta del Señor.[...]
    María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros.[...]Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del Continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana.[...] María ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo.

    El encuentro con Cristo, gracias a la acción invisible del Espíritu Santo, se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia, pero es un momento puramente personal.
    ¡Quien acepta a Cristo: Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida!”

     

     

    DICCIONARIO LITURGICO

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    0-Kerygma

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    2-Escuchamos a DIOS que nos habla

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    3-El encuentro personal

    +

    4-LA ORACIÓN

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    5-La Adoración Eucarística

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